sábado, 14 de diciembre de 2013

Ageusia

Y qué más da que le encantaran las naranjas, qué más da que le resultaran tan dulces, tan refrescantes. Y ese olor…

El primer día no le dio mucha importancia: el catarro, la desgana... El segundo volvió a ocurrir. Mordió con fuerza y escupió la pulpa, amarga, muy amarga. El tercero, ni siquiera amarga, ni siquiera ácida; completamente insípida, era la nada.
Se negó a creer que no eran las naranjas, a admitir la terrible enfermedad. Dejó de comprarlas, las apartó de su mesa, dejó hasta de mirarlas.


Al fin y al cabo, también le acabó pasando al resto. Las mismas naranjas, los mismos síntomas y el no poder mirarse a los ojos. El silencio, espeso; el pacto, no escrito.
Incluso hubo quien, inmune a la enfermedad, prefirió arrancarse la lengua para dejar de percibir su sabor. Cualquier cosa para no pensar, para no sentir, cualquier cosa para no tener que decir la verdad: las naranjas seguían siendo tan dulces, tan jugosas, tan sabrosas como siempre habían sido.

De vez en cuando y medio a escondidas, aún alguien come naranjas. Esas que ya no son.
Naranjas, naranjas. Frente a la cómoda y gregaria ageusia, naranjas. Naranjas que, claro, no son naranjas.

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