domingo, 9 de diciembre de 2012

Mantras

Esta mañana, mientras perdía el Sporting (después empató), me di cuenta de que estaba recitando un mantra, aquí irreproducible.
Los mantras, en la tradición hindú, se repiten para proteger la mente contra el pensamiento improductivo, son sonidos tranquilizadores, disociados de su significado.
No importa lo que quieren decir, solo la vibración y la repetición, que acaban alterando la conciencia.
Nada más alejado del pensamiento analítico, pero al fin y al cabo, la afición a un equipo de fútbol también pertenece al terreno de lo irracional. Era un contexto natural.

Esto me recordó que hace ya mucho tiempo, por diversos azares, asistí a clases de yoga, de las que solo me quedaron dos cosas: la primera, e importante, aprender a respirar correctamente, con el diafragma: inspirar, expirar, inspirar, expirar... Con el diafragma; los pulmones son para el tabaco.
La segunda, el poppy-mantra, una versión bastante irreverente de las letanías que tan solemnemente nos hacían repetir, improvisada en un momento de risas con colegas y que después acabó siendo el colofón, cantada a coro, de muchas fiestas. Aún no sé porqué les hacía tanta gracia.

La experiencia me enseñó a reconocer muy bien los mantras. Y estos, entre otros, lo son:
  • Las medidas que tomamos hacen daño a la gente, pero son imprescindibles. Om namah Shivaia.
  • Los presupuestos son los más sociales de la historia de la democracia española. Om namo Bhagavate Vasudevaya.
  • Hacemos lo que no nos queda más remedio que hacer, tanto si nos gusta como si no. Om namo Naraynaya.
  • Para crear empleo, hay que abaratar el despido. Shri Krishna Govinda hare murare...


Estos mantras, cuyo significado no resiste el más liviano análisis, también pretenden, a través de la repetición, alterar la conciencia. Pero no protegen contra el pensamiento improductivo: son el pensamiento improductivo. Y no tienen maldita gracia.
Cuando se escuchan, como se recomienda con los mantras hindúes, hay que inspirar, expirar... profunda, pero muy lentamente para no acabar hiperventilando. Si esto sucede, los niveles de oxígeno se incrementan y los de dióxido de carbono disminuyen, haciendo que nos ahoguemos. Presa del pánico, el cuerpo intenta respirar por encima de sus necesidades (sí, esta vez sí), mientras el cerebro se esfuerza para hacernos respirar menos y restablecer el equilibrio, llegando a hacer que nos falte el aliento, en un círculo vicioso, repetitivo, como los propios mantras.

Reiteran sus palabras venenosas para alterar nuestra conciencia, pero también para que nos ahoguemos, para que se nos olvide cómo respirar. Para mantener el cerebro ocupado luchando contra la cianosis de la hiperventilación que llega con la angustia.

Respiremos lenta, acompasadamente, y dejemos que el cerebro entienda el verdadero significado de sus mantras mientras tomamos aire para actuar, para salir de sus círculos viciosos, fabricados con mentiras, de una maldita vez. Respiremos. Con el diafragma; los pulmones son para gritar.

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