martes, 9 de octubre de 2012

Despertar en la cama equivocada

Me zarandeó suavemente y me hice la remolona. Susurró mi nombre y me tapé la cabeza con las sábanas. No era capaz de despertar.
Entonces, con aquel vozarrón que tenía, empezó a gritar: ¡vamos, vamos, que llegamos tarde!
Yo, que nunca fui persona hasta avanzada la mañana, no entendía nada. No recordaba tener que ir a ningún sitio. Es más, ni siquiera sabía dónde estaba.

Cuando por fin me di la vuelta, abrí los ojos y vi su cara de susto. Los dos gritamos, hasta que, tras la sorpresa inicial, brotaron las carcajadas.
Evidentemente, yo no era su hija. Y ninguno recordábamos que ese día me había quedado a dormir en casa de mis amigas. Éramos unas crías y su padre, un personaje tan genial como atolondrado. La cama no era mi cama.

Muerte en la habitación de la enferma, Edvard Munch. 

Estos días, al despertar, pienso por un momento que no estoy en mi país, ni siquiera en el presente. Que todo es un mal sueño, que si me doy media vuelta y me tapo la cabeza, las negras sombras, hostiles y despiadadas, desaparecerán. Por eso ayer no quería mirarlas.

Pero no... no se irán si no me levanto. Mientras estén ahí cada mañana, he de hacerlo o esta vez llegaré tarde de verdad. Abriré los ojos, saltaré de su cama negra, escupiré su veneno rancio y buscaré con otras gentes el agua clara que se lleve su mortal podredumbre de azufre, misa negra y mantilla de cementerio. Que se lleve los dolores y las santas que exhiben en sus nombres.
No es con ellas con quien quiero caminar.

Vade retro Satana
numquam suade mihi vana
sunt mala quae libas,
ipse venena bibas.

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