domingo, 13 de mayo de 2012

Como pollo sin cabeza

Me lo contaba mi güela y me daba la risa al imaginarme la escena. Siendo niña la obligaron a matar un pollo y después de sobreponerse al miedo, la compasión y el asco, el animal echó a correr después de haber sido degollado. Me daba la risa porque tenía once años y acababa de leer Crimen y castigo: al lado de las tribulaciones de Raskolnikov eso no era nada, me recordaba una escena del cine mudo.

La Victoria de Samotracia, empaquetada para salvarla al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
 Archivo de New York Times, The Lively Morgue.

Muchos años después me viene a la cabeza el pollo, corriendo sin rumbo después de muerto. No puedo evitar relacionarlo con la Victoria de Samotracia, también descabezada, con Grecia, mil y una veces expoliada, con la usurera del relato y el hacha en su cabeza. Con los bancos, con los recortes, con las injusticias, con la huída hacia adelante de esa Europa que corre, como el pollo, ciega, sorda y sin cabeza. La usura sólo pierde en las novelas, ahora hay castigo sin crimen. La imagen del pollo ya no me causa ninguna risa.

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