miércoles, 21 de septiembre de 2011

¡Fernández, García... moved el culo!

Nací en el seno de una familia obrera. Como muchas otras de la época, familia numerosa. Yo en el medio, dos hermanos por delante, hermano y hermana por detrás.

Estudié en un colegio público y cuando llegó la hora de ir al Instituto, pude hacerlo gracias al apoyo de mi familia y a que afortunadamente conseguí una beca que me eximía del pago de las tasas de matricula. No estoy hablando de los años 50, eh, eran los 80 y no todas mis compañeras del cole me acompañaron en ese momento. Lo que ahora es normal, de aquella no lo era tanto y a muchas les tocó ponerse a trabajar a los 14 años.
Yo me libré y fui la primera de mi familia (próxima y extensa) que lo hizo.

Después del Instituto, vino la Facultad y una vez más fui de la mano con toda una generación para la que Oviedo y su Universidad, a pesar de estar a tan sólo 28 km. era un territorio exótico. Si alguien se molesta en ver los registros históricos de los listados del alumnado, podrá observar cómo los Fernández, García y demás apellidos comunes empezaban a ganar por goleada a otros con más pedigree y guiones en el medio. La apuesta por la enseñanza pública nos abrió las puertas a una educación que nos permitió desarrollar nuestras capacidades, crecer como personas y pese a los vicios del sistema, disputar de tú a tú el acceso al mundo laboral con la tribu de los apellidos largos (las 500 familias, que decía Tuñón de Lara).

Me diréis que a qué viene todo este rollo... Vale, ya lo suelto. Toda esa experiencia me hizo consciente de que la educación es un bien preciado y un derecho del que yo pude disfrutar. En justa correspondencia, en todas las oportunidades que he tenido, he intentado devolver a la sociedad lo que me ha dado. Creo que en estos momentos en los que los ataques a la educación pública son furibundos, no debemos consentir los recortes, los intentos de degradación del sistema educativo, la regresión infame a tiempos en los que sólo podía acceder a una educación de calidad quien se la pudiera pagar...
Tengo la obligación moral de recordarles de dónde vienen a Fernández, a García, a Rodríguez... no vaya a ser que no se acuerden.  Si se cargan la educación pública probablemente podrán pagar la privada y supuestamente mejor -¡ay madre!- para sus hijos e hijas, pero estarán condenando a toda una generación a no poder elegir qué quieren hacer con sus vidas, a la ranciedumbre moral que creíamos desterrada, a la injusticia más radical de entre todas las injusticias.

¡Fernández, García, moved el culo, joder!