jueves, 24 de marzo de 2011

Libia, la exposición y la guerra

Disculpad que de lo que hoy os voy a contar haya partes que no recuerde muy bien, pero más o menos esto fue lo que sucedió.

Estaba yo en segundo curso, allá por el año 84 -creo-, cuando se organizó una exposición sobre Libia en el hall de la recién inaugurada facultad de Geografía e Historia, en Oviedo. Sobre unas mesas podíamos admirar elementos representativos de la artesanía de ese país: piezas de oro y plata repujada, pequeñas esculturas, algunos tesoros bibliográficos... y el libro con la doctrina de su líder, que como no podía ser de otra manera llevaba el nombre de un color. El libro rojo de Mao ya estaba desfasado, pero este no era rojo, era verde, el libro verde de Gadafi.

Tampoco es que le prestáramos mucha atención a la exposición, para qué os voy a engañar. Eran cosas de los exóticos libios que veíamos con cierta distancia al entrar y al salir. Por allí andaban ellos y por allí estábamos los y las estudiantes, si acaso echando alguna mirada al pasar, hasta que un día se produjo uno de los acontecimientos que más me impactaron en mi vida.

Como cada día me disponía a escaparme con mis compis más cercanos a comer un pincho a media mañana, cuando de repente observamos una afluencia inusitada a la exposición de los libios. Nos llamó la atención y nos acercamos para ver qué pasaba. El runrún se convirtió en alboroto: ¡los libios se iban y al cerrar la expo lo regalaban todo! La gente pugnaba por las mejores piezas, se apelotonaba en torno a las mesas de la exposición y echaba a correr con todo lo que pillaba. Nos encontramos gritando en medio de aquella turba: ¡no puede ser, seguro que lo habéis interpretado mal! ¿Cómo nos van a regalar bandejas de oro, de plata, piezas de orfebrería...? La respuesta era que sí, que sí, que se iban y lo regalaban todo, podíamos coger lo que quisiéramos.

Pocas veces tuve tal sensación de impotencia: me parecía absurdo que gente con dos dedos de frente se hubiera dejado llevar por semejante corriente de locura.
Cuando después de apenas diez minutos ya no quedaba nada, aparecieron los encargados de la exposición, que como cada día, no sin cierta negligencia o quizás ingenuidad, habían ido a tomar el café, dejándola abandonada. Desolados, miraban las mesas vacías y no daban crédito a lo que había ocurrido. ¡Se lo habían llevado todo!

Intentando comprender qué había sucedido, sacamos algo en claro: sí se clausuraba la exposición y con tal motivo habían dispuesto una sección en la que regalaban el libro verde. Eso era todo y tal circunstancia fue el origen de la situación de histeria colectiva que acabábamos de presenciar.

De vuelta a clase, recibimos la visita de profesores que nos conminaban a devolver anónimamente los objetos sustraídos, en los espacios habilitados al respecto, antes de que fuera necesario llamar a la policía.
La mayoría aparecieron, puesto que habían sido detraídos sin mediar mala fe. La gente se había dejado llevar por el boca a boca y había actuado sin contrastar la veracidad de los rumores. Fue un día en el que pocas personas se atrevieron a mirar al resto a los ojos, todos llenos de vergüenza, propia o ajena.

Desde entonces, pocas noticias tuvimos de Libia, hasta el curso siguiente, cuando la aviación estadounidense bombardeó Trípoli y Bengasi, como represalia después de un ataque terrorista a una discoteca de Berlín.

Más adelante vino el atentado contra el avión de la Pan Am, en el 88. Gadafi se convirtió en el enemigo de occidente, hasta que el tiempo y la geopolítica hicieron que otros tomaran el relevo, mientras hacía de su jaima un sayo, Shell mediante. Se levantaron las sanciones y se sucedieron las visitas de presidentes de gobierno: Reino Unido, Alemania, España... También lo recibimos en nuestro país. No importaba lo que pasara en Libia, ni si había dictadura o no.


Desde el 19 de marzo de 2011, en interés del mundo, vuelan los misiles Tomahawk norteamericanos y los aliados bombardean Libia. España también está lista para proteger al pueblo y ayudarlo a conseguir la democracia. Vamos, ¡que estamos en guerra!
Gadafi es malo otra vez y ahora el pueblo libio sí importa.

Suena un runrún como el del último día de aquella exposición: ¡vamos, que esto se cierra y el último que llegue, se queda sin nada! Cuánto me recuerda a aquel día...